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MUSEO DE LOS HORRORES Carlos Oliva
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Carlos Oliva


COPYRIGHT 2010/13                                                                                                      TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS Ilustraciones de la cabecera de Jacek Yerka


A modo de introducción…


Afirmaba Schopenhauer (nombre que, por cierto, encontraréis frecuentemente en las salas de este museo) que, a menudo, los hombres buscamos la compañía de los demás por huir de nosotros mismos. En realidad, lo expresaba en términos algo más perversos que me servirán para hacer una primera criba de lectores. Decía el filósofo alemán "Todo individuo es tanto más sociable cuanto más pobre de espíritu y, en general, cuanto más vulgar es".

No seré yo quien contradiga a Schopenhauer… Es cierto que, con cierta frecuencia, nos acercamos a los demás por alejarnos de nosotros mismos, aunque sólo sea para huir del aburrimiento que resulta de la soledad, del tedio que suele producirnos nuestra propia compañía. La vida nos pone a cada paso y hasta la saciedad claros ejemplos, porque la vida será todo lo bonita o maravillosa que queráis, en eso no me voy a meter, pero debemos admitir que, como maestra, alcanza la categoría de desastre natural… Que por qué… Pues por muchas razones, sirvan un par de ellas como ejemplo:

- Por decir algo, a voleo… Porque su método de enseñanza se basa exclusivamente en poner al alumno, de sopetón, en trabajos de campo. Es decir, en la práctica pura y dura, sin unos modelos teóricos previos, sin unas hipótesis que probar ni unas preguntas concretas a las que dar respuesta. Pongo un símil, que siempre ayuda: somos actores que deben salir a un escenario que se va montando durante la propia representación, actores que no han realizado un solo ensayo, que no conocen su propio texto ni el personaje que interpretan los demás, pero que, sin embargo, tampoco tienen demasiada libertad para improvisar porque, desde cada rincón de la escena, surgen voces de apuntadores (voces a menudo contradictorias) que le sugieren lo que debe decir, lo que no debe hacer… En la platea, además, no hay público, sólo críticos y más críticos que la llenan. Por si no ha quedado claro, la vida es el empresario teatral.

- El segundo motivo por el que la vida, como maestra, merecería ser expedientada e, incluso, vapuleada no es otro que la inconmensurable ineptitud que muestra, su absoluta incapacidad, para entender en qué momento el alumno ha aprendido ya la lección y no necesita que se la continúen repitiendo cansinamente una y otra vez.  

- Un motivo más, a modo de bonus track. Pues que, con demasiada frecuencia, se empeña la vida en regar donde no hay semillas y, con eso, tan sólo consigue ahogar el terreno.

Antes de enmarañarme yo solo en este lance de los ejemplos, estaba intentando aclarar que, si bien no le puedo quitar la razón a Schopenhauer porque la vida, cada día, nos pone delante de los ojos mil casos de personas que caen en manos de otras por escapar de las propias, mi experiencia personal es, sin embargo y exactamente, la contraria: me alejo de la gente por escapar de mí. Soy consciente de que asimilar esta idea os llevará un momento, pues a mí me ha llevado toda una vida, a ver cómo os puedo ayudar a entenderla... Cuando digo que me alejo de la gente por escapar de mí no pretendo hacer simplemente una desconcertante paradoja, que también, sino resumir en pocas palabras mi trayectoria vital. Me explico… Todo lo peor que hay en mí, mis peores acciones y mis más oscuros pensamientos, todo lo que más me ha hecho sufrir y cada una de las lágrimas que he derramado o que me he guardado, todo aquello que, en definitiva, podría calificar como negativo o dramático sólo ha tenido lugar en virtud de mi relación con los demás. Podría decirse que la vida social, en cualquiera de sus ámbitos, es a mí lo que una cerilla a un pirómano o lo que una manzana a Blancanieves, a Adán, a las diosas Hera y Atenea, a Cídipe, a Atalanta, etc… (Los damnificados por las manzanas han sido tantos a lo largo de la Historia, que esta fruta bien merecería un estudio de sus propiedades taumatúrgicas).

En definitiva, cada vez que algún aspecto de mi persona me espanta y horroriza es porque lo veo reflejado en ese espejo grotesco que son las relaciones humanas. Seguramente, ahora alguna criatura incauta espetará… (Porque las criaturas incautas no dicen, espetan y, además, siempre tienen que espetar algo)… Espetará la criatura "pero digo yo que, en lo positivo que haya en tu vida, porque alguna cosa habrá, también tendrá algo que ver la gente. Vamos, digo yo…". A ver, criatura incauta, no uses tanto el verbo decir porque tú no dices, tú espetas, asúmelo de una vez. Eso, por un lado, y por otro, estás muy equivocada porque si en algún momento adquiero una dimensión real y unas formas propias, si alguna vez siento que la vida pasa tan cerca de mí que casi me roza, si hay momentos en que tengo la necesidad de decir algo es, siempre y únicamente, cuando estoy solo. Reducido a mi propia persona, sí, pero sin más límites que los de mi naturaleza, porque la presencia de los demás siempre nos acaba perfilando unos contornos que no son, en realidad, los nuestros. ¿Te ha quedado claro, criatura incauta? ¡Y deja de espetar, por lo que más quieras! (¿Habéis visto lo fácil que es sacar un personaje de la nada? ¿A que ya habíais empezado a tenerle tirria a la criatura incauta y a imaginarle una cara y una historia? Os iré enseñando algún que otro truco de escritor; éste, concretamente, el de crear seres incautos para luego atormentarlos, no es mío, se lo copié a Dios… Pero hay que seguir…).

Si bien es cierto que todos esos aspectos horrísonos que uno descubre en sí cuando se sociabiliza, los lleva dentro también cuando está en soledad, no lo es menos que el único modo de, ¿cómo decirlo?, tenerlos bajo control, aletargados, es no dándoles ocasión de lucimiento en el trato mundano. Además, aunque consiguiera una orden de alejamiento de mi propia persona, cosa poco probable, no podría materializarla, por lo que no me queda otro camino, para huir de mi propios horrores, que el de la soledad y el retiro del asceta.    

Me quedan ya sólo dos puntos por tratar para concluir esta introducción. El primero de ellos, seguro que ya lo imagináis todos (todos excepto, por supuesto, la criatura incauta, del latín creatura incauta”. ¿Veis? Le acabamos de dar a su pasado un peso histórico, id tomando nota de estos pequeños detalles en vuestro cuaderno de "Cómo se crea un personaje"). El primero de los puntos, como estaba diciendo, es fácil de imaginar pues se infiere fácilmente de lo dicho hasta ahora. Esto es, si estamos de acuerdo en que me aparto de los demás por escapar de mí mismo, pero también en que los aspectos más pavorosos de mi persona, aunque amodorrados, me acompañan también en mi ascética soledad, tenemos que concluir que aún me falta por dar un paso para liberarme por completo y definitivamente de ese engendro que me acecha, en silencio, desde mi propio interior. En pocas palabras: necesito una vía de purgación. Y éste es, y no otro, el objetivo de la presente web: por un lado, expulsar de mis adentros las hordas de esperpentos que los habitan y, por otro lado, devolverle a la sociedad lo que la sociedad me dio y, a ser posible, devolvérselo casi intacto. Porque si hay algo, en esta vida, que tengo claro es que vine al mundo con la cabecita hueca, tan hueca que ni siquiera había un recuerdo en ella, y también que si hubiera vivido siempre solo, seguiría estando hueca. Luego ha sido el trato con los demás lo que me la ha ido llenando. Es cierto que he dado espacio en mis infiernos interiores a estos demonios invasores, no lo voy a negar, pero no lo es menos que son el fruto de una violación reiterada y continua, la violación que sufre nuestra integridad cada vez que la sometemos al trato humano. En conclusión, no hay vuelta atrás, me voy a purgar o, si se prefiere, para adecuarme más a los tiempos, voy a formatearme para borrar los programas con que, una y otra vez, la sociedad ha intentado reprogramarme y, así, conseguiré restablecer el estado original de mi disco duro.

Ya sólo me queda explicaros, muy brevemente, la distribución de las salas de este museo en el que iré depositando y dejando a disposición de la sociedad el tributo que le debo, es decir, cada uno de los horrores que consiga expulsar de mi interior. Procedamos… La primera sala que encontramos es la llamada Cámara del Ego, donde se exhibirán, meticulosamente etiquetados, los monstruos de la vanidad y del recuerdo. Ésta comunica directamente con la Sala de las Obsesiones, laberíntica, llena de encrucijadas y rodeos, de pensamientos que no llevan a ninguna parte, de premisas que nunca conducen a una conclusión, de todo aquello que, a fuerza de ser rumiado, adquiere una consistencia que nunca hubiera tenido con el primer bocado.

Si se consigue encontrar la salida de la Sala de las Obsesiones, se llega a otra, más pequeña y acogedora, que contiene los Instrumentos de Tortura. Aquí, tal vez, el lector podrá darse un respiro, pues es muy probable que lo que para mí ha sido tortuoso, para él, en cambio, haya sido agradable. Tan dispar es la naturaleza humana. Atravesando la Sala de Instrumentos de Tortura se llega al Pudridero. Conviene no confundirlo con el pudridero real del Monasterio de El Escorial, aunque este habitáculo mío sí toma prestado el nombre de aquél (para quien no lo sepa, el pudridero real es el lugar donde permanecen depositados, durante unos veinticinco años, los restos mortales de los miembros de la Familia Real para que se reduzcan de modo natural y puedan ser introducidos, luego, en los pequeños sarcófagos del Panteón Real. En mi opinión, el destino natural y necesario de la monarquía). En mi modesto Pudridero, iré depositando restos de novelas y relatos que, por distintos desencuentros editoriales o crisis personales, no han visto nunca la luz. Quizás, con el tiempo, se reduzcan hasta desparecer completamente o, tal vez, lleguen a algún mausoleo editorial y se pueda decir de ellos lo mismo que escribió el Padre Santos, en el Siglo XVII, refiriéndose a la Cripta Real "eran reyes tan grandes en el mundo que para enterrarse querían un sitio pequeño".

Con las imágenes del Pudridero martilleándote aún las sienes, llegas al espacio más amable del museo, a la sala de invitados, llamada Salón de los Otros. Aquí podréis conocer a otras personas que, al igual que yo, viven la escritura como un camino más de realización personal. Espero que os volváis a encontrar con ellas y sus personajes muchas más veces y que sea siempre tan agradable como, sin duda, lo será este primer encuentro. Al final de un oscuro y largo corredor, se encuentra una escalera de caracol de hierro forjado, estrecha y mal anclada al suelo, de ahí que oscile ligeramente cuando se desciende por ella provocando una leve sensación de vértigo. La escalera conduce al depósito y a los sótanos, donde se irá acumulando y almacenando todo aquello que no tenga cabida en las otras salas. Es de suponer que, como suele suceder en los museos, la mayor parte de los fondos acabarán aquí.

 Y esto, creo, es todo. Os doy la bienvenida a mi Museo de los Horrores. La entrada, por supuesto, es libre...  

...¿Lo será también la salida…?  


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